La Cuerda Feminista

Anónima

Mientras entraba, sigilosa para no despertar a nadie, tenía esa sensación de no ser de ahí, de esa casa. Como si la estuviera asaltando  en la madrugada. A su propia casa. Pero cada noche experimentaba esa extrañeza al llegar a su hogar, a oscuras, solitario.. 

 Sin perder tiempo se iba sacando la cola que le sujetaba el cabello -que se lo había sujetado durante alrededor de 10 horas- a la vez que caminaba hacia el baño a hacer pis y lavarse las manos y la cara. Después,  sin más vueltas, a dormir. No podía perder tiempo de sueño, Martín se despertaba -ella lo despertaba- en un poco más de 4 horas y ella quería dormir esas gloriosas horas de corrido y cuanto antes. 

A las 6 despertaría a su hijo menor  y, mientras él se bañaba,  le prepararía el desayuno que Martín tomaría a la vez que terminaba de revisar su mochila, de la que metía y sacaba libros y apuntes según el día de la semana que fuera. 

A las siete menos cuarto él salía para la parada del colectivo y ella se quedaba pensando en lo lindo que sería acostarse un ratito pero ¿qué sentido tenía? Si Juan Carlos se despertaba a las siete y cuarto. Ella le alcanzaba un mate la cama a esta hora al que él respondía: "No, gracias.  Ahora me levanto y tomó dos o tres". Y sí, tomaba dos o tres,  porque a Juan Carlos no le gustaba mucho el mate “costumbre de vagos”, decía. 

Entonces comenzaba el ritual del “¿cómo te fue ayer? ” y “¿alguna novedad?” que, en general, no tenía grandes sobresaltos. Juan Carlos siempre fue de pocas palabras, hablaba lo justo y necesario. 

A ella sí que le gustaba hablar, “pareces una cotorra”, solía decirle u “¿otra vez con el chusmerío del hotel? A mí no me vengas con conventillos” 

Pero cada vez hablaban menos, ella se quedaba como hipnotizada viendo las destrezas de los pájaros a través de la ventana ¿Él? Por lo general, hacía zapping por los canales de noticias que repetían una y otra vez las mismas "novedades”.

Así, se hacían las las ocho menos veinte,  hora en la que Juan Carlos salía para la oficina. Hacía 18 años que era empleado administrativo en una fábrica de vajilla. Como viajaba en auto, podía salir veinte minutos antes de la hora de ingreso y llegar a tiempo para“marcar tarjeta”. Era el único de la familia que no pasaba largas horas viajando en colectivo. Ella fantaseaba, a veces, con llegar en veinte minutos al hotel, en vez de la hora y media que le llevaba. 

Se despedían con “que tengas un buen día”, “gracias igualmente” tan automático como el arranque del auto que emprendía su camino.

Ya, casi a las ocho, no podía perder tiempo. Así que se disponía a hacer “las cosas de la casa” porque a las diez había que hacer las compras para preparar el almuerzo, que compartiría con Martín a su regreso de la escuela, a la una y media más o menos, y la cena para él y su marido a medio hacer, de la que le dejaría indicaciones a Martín para que finalizara su cocción. 

A la una la llamaba María, su hija mayor, que comenzaba su horario de descanso y le preguntaba cómo había estado su día y qué había de nuevo. María había alquilado un departamento hacía casi un año - 8 meses en realidad, pero parecía mucho más - después de haberse de recibido de diseñadora gráfica y, como ya tenía trabajo estable en la imprenta desde dos años atrás, decidió independizarse.

Recordaba que cuando María empezó la carrera, Graciela le mencionó la vacante de mucama en el hotel y lo agradecida que estaba de haber conseguido ese trabajo porque de no ser por eso no hubiera podido costear una carrera que demanda tanta inversión económica. Pero es así, cosa del destino. Justo apareció la oportunidad en el momento preciso. 

Y la charla con María terminaba con un “mami, ¿cuándo pensás hacer algo por vos?” al que ella respondía “puff... con todo lo que hago”.

Al cortar, preparaba la mesa. Martín llegaba famélico,  eso que desayunaba bien y ella podía darle una cantidad de dinero suficiente para comprarse alguna cosa a media mañana. Pero estaba creciendo. Y, además, la carga de responsabilidad que tenía el pobre: cursando ya su último año de Escuela Secundaria, pensando en el viaje egresados y ¡la fiesta!. Y, seguramente, lidiaba con las clásicas dudas existenciales que experimentamos al finalizar un ciclo. 

Así que Martín atravesaba la puerta, dejaba sus cosas en el dormitorio ya prolijo, ordenado y limpio, se lavaba las manos y se sentaba en la mesa donde la comida estaba recién servida. 

Compartir el almuerzo con Martín sí que era lindo, él siempre tenía muchas novedades que contar, parecía que la escuela era un lugar emocionante: Que la profe llegó tarde y de mal humor, que Analía lo miraba mientras él estaba distraído con el celu, que a la prece se le pasó la hora y el recreo dura 5 minutos más...

Mientras ella levantaba la mesa y se disponía a lavar los platos y trastos, Martín miraba un poco de fútbol, después dormía una siesta y hacía tareas escolares. Más tarde iría a piano o a fútbol, según el día de la semana que fuese. 

Finalizado el lavado, secado y guardado de platos, ella se daría un baño, medio a las apuradas, otra vez contrarreloj a pesar de que trataba de organizar su tiempo. Tenía que vestirse rápido y salir para tomar el colectivo de las dos y media si quería entrar en horario y no aguantar un sermón del encargado. 

A pesar del apuro, cuando cruzaba la puerta de la casa tenía esa sensación de libertad que no sabía bien de dónde venía porque no era que fuera libre en el hotel justamente ¿o sí?

 A veces creía que era el lugar en donde más feliz se sentía,  a pesar de que en dos oportunidades los pasajeros le habían tocado el culo -y uno de ellos le propuso tener sexo ahí, en el pasillo-  de que el encargado siempre se le agarraba con ella después de 6 años de cumplir sin chistar, de que le pagaban mucho menos de lo que debían porque lo tenía “blanqueada” la mitad de las horas, de que las vacaciones se las daban cuando querían, de que entre la ida y la vuelta tenía 3 horas de viaje, de que le ocupaba la mayor parte de su día y de que cada vez que iba al médico descubría que no le habían pagado la obra social. 

Sí, a pesar de todo, cada vez que salía para el trabajo se sentía feliz y libre.

Jimena Sendón

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